domingo, 21 de mayo de 2017

Lo que siempre he querido.

Hoy pensaba en la cantidad de años que hace que soy feliz y son ya varios. Pase lo que pase y a pesar de tener momentos de decaimiento, pero lo soy. Y pensaba también que, en realidad, es lo que he querido siempre, igual que el resto, supongo, no concibo que haya alguien que quiera otra cosa.
Sin embargo, antes no lo era, como no lo es mucha gente.
Y, hoy, me he dado cuenta de que me era imposible porque en el fondo no lo deseaba, porque estaba más pendiente de poner condicionantes a esa felicidad que de mantenerme en mi propósito. 
No lo era porque creía que, a no ser que se dieran unas determinadas circunstancias, no podría serlo, que la felicidad está hecha de logros, de motivos
Pero no hay motivos para ser feliz, solo tienes que decidir que, ante todo e independientemente de todo, lo quieres ser. Solo tienes que dejar tu ego a un lado, abandonar ese empeño en imponer tu forma de ver la vida y de hacer las cosas y tener una única meta: tener la mente en paz.
Hace ya tiempo que no espero nada de nadie, que no espero nada de la vida, que todo me viene bien porque soy capaz de escoger lo que quiero para mí y lo que no, sin miedos, y soltar lo que me pesa, lo que me produce esfuerzo y sacrificio. Y, cuando no me queda más remedio que vivir una experiencia, intento que sea, también, desde su lado positivo o, por lo menos, transformarlo en una enseñanza. 
Hace tiempo que entendí que no podía estar en constante lucha contra la vida, que era mejor ir adaptándome a lo que la vida me iba trayendo o rechazándolo tranquilamente, sin alterarme, sin agobios.
Estoy convencida de que ahí es donde radica la clave, en la capacidad de aceptación y adaptación.
Por lo menos, a mí, es lo único que me ha permitido llegar adonde siempre he querido.


martes, 17 de enero de 2017

A tu entera disposición.


Si hoy decides buscar motivos para ser feliz, lo vas a tener muy fácil, porque haberlos, haylos, siempre los hay.
Si decides buscar razones para sentirte desgraciado, lo vas a tener igual de fácil, siempre las hay.
Así pues, cuando te despiertas, inconscientemente y en función de con qué pie te levantas, decides qué estado de ánimo es el que vas a alimentar a lo largo del día y en qué te vas a centrar, hasta el punto de que lo que no coincida con lo que quieres ver, te pasará desapercibido. 
Porque muchas veces la prioridad es tener razón, aunque la idea sea que la vida es una mierda, preferimos alimentar esa idea a comprobar que estamos equivocados.
Y, con esa decisión tomada, vas a salir a la calle, o te vas a pasear por la casa y verás belleza o verás fealdad. 
Te vas a cruzar con gente, y verás amabilidad u hostilidad, según lo que proyectes, pero si regalas sonrisas no puedes recibir agresividad y viceversa.
Nada de lo que ves es tal y como lo ves en realidad, todo es neutro. Eres siempre tú proyectando y percibiendo lo proyectado, sin darte cuenta del primer paso.
Todo está puesto para ti, para que lo utilices como quieras, para que lo uses como excusa para justificar su desdicha o para apoyar tu felicidad.
Sin embargo, curiosamente, la felicidad no suele requerir de apoyos, somos felices porque sí, sin saber muy bien los motivos. 
La insatisfacción, al contrario, se fundamenta en expectativas no cumplidas, en culpa, en prisas, en miedo... en ego.
Antes de empezar un nuevo día, plantéate qué quieres ver hoy y cómo te quieres sentir y, una vez tomada esa decisión, comprueba que todo lo que rodea lo han puesto para ti, a tu entera disposición, para que le des el uso que más te convenga, o que más convenga a tu ego.


viernes, 23 de diciembre de 2016

El juicio y el tiempo.


No te juzgues sin tiempo, dice Mario Benedetti. 
Sabias y saludables palabras.
Porque el tiempo no existe, porque siempre es ahora. 
Y lo que no es ahora no es.
Lo que no es ahora solo son pensamientos deliberadamente escogidos en función del propósito que tengamos.
Y nuestro propósito suele ser culpabilizarnos por todo. 
Inconscientemente, sí, pero suele ser ése.
Al final, lo que Mario Benedetti está diciendo es que no te juzgues.
Porque cuando nos juzgamos, lo que estamos haciendo es mirar aquello que hicimos en el pasado, en un momento de nuestra vida que ya no existe.
Y decidir, ahora, que deberíamos haber hecho las cosas de otra manera y que aquello estuvo mal.
Porque cuando nos juzgamos nos estamos auto boicoteando.
Porque es muy fácil decir ahora, con los datos de los que disponemos hoy y el actual estado de conciencia, que deberíamos haber actuado de otra manera. 
Que deberíamos haber elegido mejor. 
A la pareja.
A los amigos.
Elegido otro trabajo.
Otro camino.
Otra reacción.
Otro destino.
Lo mismo da hace un año que hace cinco minutos, ambos son momentos que ya no existen.
Sin embargo, los recreo y les doy apariencia de realidad. 
Y creo que en aquel momento yo era quien soy hoy, sin tener en cuenta la evolución, obviando que nunca soy idéntico a ayer.
No te juzgues.
Porque en aquel momento no tenías elección, aunque hoy pienses lo contrario.
Hiciste lo único que te estaba permitido hacer en aquel momento. Por tu estado de ánimo, por tu nivel de conciencia, por tus miedos, por tus conocimientos.
No te castigues, no creas que te equivocaste. 
Aunque hoy dispongas de más información, estés más sereno, te hayas liberado de los miedos...
Aquella decisión, aquel comportamiento que tuvo lugar entonces no está sucediendo hoy. 
Déjate tranquilo, no te atormentes, deja esa culpa que siempre necesita del pasado para justificar lo incorrecto que eres.
¿Considerarías culpable a un niño de 5 años por no haber sido capaz de hablar cuando tenía 1?
¿No es una auténtica locura? 
Así que... no te juzgues sin tiempo.
No te juzgues.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La invulnerabilidad de la mente

Recientemente me he visto envuelta en un episodio en el que varias personas hemos sido engañadas por otra. 
Las reacciones han sido diversas, lo que demuestra, una vez más, que el meollo del asunto no está en lo que acontece sino en cómo cada uno se lo toma. 
Algunos nos lo hemos tomado con humor, hemos aprovechado para recrearnos y jugar.
Otros se han sentido ofendidos, dolidos, tristes.
Otros se han enfadado y mucho.
A otros les ha dado igual.
La cuestión es que, como hablaba con un amigo hace no demasiado, es imposible controlar lo que ocurre porque no depende de uno, pero sí es posible decidir cómo vivirlo. De hecho, el cómo lo vivo es lo que va a definirse como mi experiencia. 
Por supuesto que se requiere de un entrenamiento, pero cuando entiendes que enfadarse, en realidad, es pagar tú por lo que otro ha hecho, que el enfado te hace prisionero, que la ira te convierte en alguien que no eres y que todo eso se puede cambiar, entiendes que vale la pena.
Porque hay otra manera, claro que la hay. No es preciso reaccionar con sufrimiento, por pequeño que sea, a lo que otros hacen. 
Y la otra manera, sobre todo, consiste en el desapego. En no aferrarse a las ideas que nos dicen "esto no tendría que haber pasado, él debería haber hecho aquello que no hizo, las cosas deberían ser de otra manera, no así ". 
La otra manera implica reconocer que esos pensamientos están luchando contra algo contra lo que no se puede luchar: lo que está ocurriendo aquí y ahora. Implica reconocer que son esos pensamientos los que nos provocan sufrimiento, no lo que ocurre. Que los hechos, hasta que los juzgamos, son neutros. Somos nosotros los que decidimos, según lo que nos han enseñado, si algo es bueno o es malo. Si es doloroso o no. 
Pensar como lo hacemos no es algo natural, es heredado, fruto de la educación y la cultura. Por eso, por ejemplo, en algunas culturas la muerte no es motivo de tristeza y en la nuestra sí. 
Por eso, en algunas culturas es una desgracia que una mujer no se haya casado al llegar a cierta edad y otras no es relevante. Incluso en una misma cultura, todo varía en función de la época, como el divorcio, que pasó de ser un drama social a ser algo sin importancia.
Y cuando algo va cambiando de esa manera es porque no es real, porque es artificial, no es innato.
El caso es que, por naturaleza, nos enfadamos porque nos sentimos amenazados, como hacen los animales, porque nos sentimos atacados. No físicamente, pero sentimos que han atacado nuestra mente cuando, en realidad, la mente es invulnerable. Solo yo puedo atacarme a mí misma, mediante pensamientos autodestructivos tipo "he sido una estúpida, me han utilizado, he hecho el ridículo...". En esos casos, soy yo la que piensa esas cosas de mí misma y se provoca sufrimiento. Porque, mientras lo piensen los demás, no me afecta, me da lo mismo; el problema viene cuando lo pienso yo y además doy credibilidad a esos pensamientos.
Cualquier tipo de sufrimiento viene provocado por unos pensamientos a los que yo he decidido dotar de certeza. Y eso se puede cambiar.
Tan sencillo como sustituir los viejos por otros nuevos. Por otros más amorosos conmigo misma, que no me juzguen con tanta dureza, que no me culpen.
Tan solo eso.


                             

lunes, 5 de diciembre de 2016

Decisiones

Uno de mis aprendizajes más valiosos fue el descubrimiento de que, en cualquier circunstancia, por complicada y enrevesada que pueda ser, solo hay dos momentos en los que uno se ve obligado a tomar una decisión: cuando tiene claro lo que quiere y cuando no hay más remedio.
En los demás casos. No hay por qué hacerlo, nadie te obliga y de nada sirve.
¡Cuántas veces me he comido la cabeza pensando que tenía que llegar a una conclusión sin que eso fuera preciso y sin saber para dónde tirar! 
Normalmente, odiamos no saber, nos imponemos una obligación absurda y necesitamos una respuesta ya. Sin embargo, al mismo tiempo dudamos, no tenemos ni idea de lo que queremos y eso es desalentador. 
Pero ¿quién te obliga a saber lo que quieres? ¿Quién te exige una claridad que a todas luces no se está dando? ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer que no tenemos ni idea de lo que queremos y que no pasa nada, que de momento no hay prisa?
NO SÉ. 
Las palabras mágicas. 
Las que me permiten descansar y liberarme del peso insoportable de creer que tengo que saber. 
NO SÉ. 
NO TENGO NI IDEA. 
Y ahí termina la comida de cabeza. 
Curiosamente, parece que el no tener las cosas claras nos genere estrés cuando la realidad es que el estrés nos lo genera el pretender saberlo todo, en lugar de ver que quizás, algún día, esto lo tenga claro y entonces no dudaré, no hará falta que me devane los sesos porque sabré con certeza lo que quiero. Mientras tanto, no puedo exigirme otra cosa. No quiero exigirme lo que de momento no se da. Reconozco que no sé y estoy en paz. 
No hay prisa.
Ninguna prisa.



martes, 15 de noviembre de 2016

De nuevo, la nada.

La vida siempre nos está invitando a descubrir que el miedo no es real, sino fruto de nuestra maraña de pensamientos. 
Si nos permitimos sentir ese miedo y lo traspasamos, todo se disuelve, como ocurre siempre con lo inconsistente. 
Si nos negamos a sentirlo y huimos de él, le damos credibilidad y se hace cada vez más fuerte.
Sea como fuere, detrás del miedo no hay nada más que humo.
Hace un año y medio, me aterrorizaba la idea de no cobrar a final de mes, me parecía una catástrofe y por mi cabeza pasaban infinidad de situaciones, todas ellas desastrosas, que se irían dando, inevitablemente, como consecuencia de aquello. Pero eso no ocurrió y, llegado el momento, hubo liquidez y nos pagaron a todos en plazo.
Hoy, año y medio más tarde, nos deben 5 nóminas y media y no hay visos de que cobremos por lo menos en los próximos tres meses. 
Y no ha pasado absolutamente nada. 
Nada de nada. 
Sigo con mi vida de siempre, he tirado de ahorros hasta que se han acabado y, a partir de ahí, mi madre me está prestando cada mes lo que me correspondería cobrar. 
Sin embargo, antes de que esto se diera lo pasé fatal, volví al tremendismo al que somos adictos. 
Dos meses más tarde, después de tocar fondo y comprobar que ninguna de esas desgracias era real, solté ese problema y decidí que lo primero era mi paz interna y que ya estaba bien de pasarlo mal porque sí.
Y, es que, como le he decía hoy a un buen amigo, yo no tengo la capacidad de controlar lo que me ocurre, hay demasiados agentes externos como para eso. Pero, y ahí reside la auténtica libertad, ésa que nadie me puede arrebatar, yo decido cómo me tomo las circunstancias que la vida me va poniendo delante. Yo decido si quiero vivirlo de manera conflictiva y con miedo, como una amenaza, o si lo acepto, adoptando las medidas que estén a mi alcance y desvinculándome emocionalmente del resultado, tomando las decisiones pertinentes desde la paz.
Y es que, solo estando en paz, puedo elegir libremente. De lo contrario, soy esclava del miedo.


jueves, 11 de agosto de 2016

Nada significa nada

El mundo no tiene más sentido que el que le doy a través de mis juicios: justicia/injusticia; bondad/maldad; grandiosidad/insignificancia...
Realmente, si me retirara y me limitara a observar, nada significaría nada. Soy yo, por tanto, quien dota de significado a todo lo que ocurre fuera de mí. Sin mí, las cosas ocurrirían, sin más, vacías, objetivas, puros hechos que no implicarían nada, que no dolerían, que no alegrarían, que solo se darían.
Los mismos hechos, por cierto, que vienen ocurriendo desde que el mundo es mundo, mutando en la forma, sí, pero idénticos en esencia.
Los mismos hechos que seguirán ocurriendo cuando yo ya no esté. Ésos que antes estaban bien, porque así yo lo pensaba y que, ahora, están mal, porque ya no opino igual. 
El mundo que veo no es causa de nada. El mundo es el efecto y yo soy la causa, puesto que yo soy quien lo mira, puesto que yo soy quien lo juzga.
Porque, cuando abro los ojos y miro, miro con la mente y nunca veo lo que hay, sino que proyecto mis pensamientos en todo lo que observo.
Por eso, en función de cómo me levante hoy, el mundo será un lugar maravilloso o inhóspito. No es él quien cambia, soy yo.
Sin embargo, por no querer asumir esta responsabilidad, cada vez que detecto en mí algún tipo de sufrimiento, lo primero que hago es buscar un culpable, convirtiéndome así en esclava de todo lo que me rodea. Y me encuentro sufriendo por culpa de algo que me han dicho, que me han hecho, por culpa del sistema, porque los rusos me persiguen.
Pero no, si sufro es por el significado que doy a aquello que me han dicho, a eso que me han hecho, al sistema y a que creo que los rusos me persiguen.
Porque todo ello, por sí solo, sin mí, no significa nada.
Porque esa persona que lo es todo para mí en estos momentos, antes no era nadie y volverá a no significar nada.
Porque esto que me está quitando el sueño hoy, mañana será motivo de risas.
Porque siempre soy yo, siempre yo, la que decide a quién o a qué le entrego mi paz.
Hoy. Mañana, Siempre. 
Porque mi sufrimiento, sin mi inestimable colaboración, no puede manifestarse. 
Porque todo empieza y acaba en mí. 
Porque no hay nada allí afuera, siempre soy yo observando. Y todo lo que veo, todo lo que aparentemente me es ajeno, pasa a través de mis filtros, antes incluso de ser observado, y se convierte, en ese momento, en mío. 
Porque nada en este mundo me es ajeno.
Porque en el fondo, nada tiene el significado que yo le doy, como nada tiene el significado que tú le das.
Porque, en realidad, nada significa nada.


martes, 26 de julio de 2016

Manipuladores


Si hay un tipo de persona que me carga enormemente, ése es el víctima, el que cree que lo que le ocurre es debido al comportamiento de otro y que, por lo tanto, es el comportamiento del otro lo que hay que modificar para poderse sentir bien. En realidad, la jugada está estudiada: no hay mejor manera de eludir la propia responsabilidad que cargarle el muerto a otro.
Si, además, a eso le añadimos un poquito de manipulación, el resultado es, para los de al lado, agotador. 
Porque, cuando tienes a ese tipo de persona cerca, o eres un desapegado y lo mismo te da lo que te diga, o caes en su trampa, que no es otra que hacerte sentir culpable de todo: de lo que hiciste, de lo que no hiciste, de lo que haces, de lo que no haces, de cómo eres... En definitiva, culpable de no estar a la altura de las expectativas que se tenían acerca de ti. 
Y, lógicamente, estas personas, acostumbradas a buscar siempre algo que no tienen para poder ser (por fin) felices, nunca tienen bastante. 
Y, lógicamente, exigen a los de su alrededor que estén al servicio de sus necesidades, aun cuando lo hagan de manera velada, mediante recriminaciones, echando sobre unos hombros ajenos sus propias miserias, incluso disfrazándolo de amor.
Al principio puede ocurrir que te creas todo eso, que lo confundas con amor, que te hagas responsable de la vida del otro y de su infelicidad, que llegues a sentirte culpable de cómo se siente el otro... pero cuanto antes salgas corriendo, mejor. Porque te estás metiendo en la boca del lobo. 
Porque tú eres como eres y nadie tiene que darte lecciones de vida. 
Porque tu vida es tuya y de nadie más. Y vale que no eres perfecto. Y vale que las cosas se pueden hacer mejor. Pero ¿quién es nadie para juzgarte, para decidir si el camino que has tomado es o no el correcto? ¿Quién es nadie para exigirte o intentar convencerte de que modifiques tu comportamiento, cuando la única finalidad es el propio interés? 
Y, sobre todo ¿qué amor es ése que lo único que pretende es hacerte sentir culpable solo porque no aprueba lo que haces?
Si hay un tipo de persona que me carga enormemente, ése es el que te hace creer que es amor cuando no es más que la necesidad de manipularte.


jueves, 30 de junio de 2016

Una vez más.


El domingo pasado, en las elecciones generales que hubo en España, para mí no ganó ningún partido político, ganó el miedo. Y, si hubieran ganados otros, estaríamos en las mismas.
Porque todos sabemos que, una vez instaurados el miedo y la desconfianza (que son lo mismo, aunque en diferente grado) en la mente de la gente, ésta es sumamente manipulable. Y ellos lo saben y se aprovechan.
En la vida solo se puede funcionar de dos maneras: desde el amor o desde el miedo, no hay más posibilidades ni hay matices. Cada vez que tomamos una decisión es desde una de esas dos posturas, es así de sencillo, aunque lo enmascaremos de mil maneras. Podemos (y, de hecho, lo hacemos) disfrazar el miedo de prudencia, de responsabilidad, de sensatez, de condescendencia... pero, si somos honestos, nos daremos cuenta de que, cuando actuamos por miedo, no nos quedamos en paz.
Lo que no entiendo son todas las críticas a esto que ha ocurrido y creo que, dado que todos tomamos a diario decisiones basadas en el miedo, deberíamos ser más comprensivos.
Todos nosotros hemos sido (y somos) esclavos del miedo: el que aguanta un trabajo que odia, el que se queda con una pareja a la que no ama, la mujer que aguanta que la maltraten, la que no ve el momento de tener hijos por si le cuesta el puesto, el que no dice lo que piensa por miedo al rechazo, el que no se decide a hacer algo arriesgado aunque sea su pasión...
Y, en todos estos casos, la pregunta es la misma: ¿miedo a qué? Desde luego, a nada real. Miedo a lo que uno cree que ocurrirá si hace o deja de hacer algo, miedo a lo desconocido porque, claro, más vale malo conocido que bueno por conocer. Eso es lo que nos han enseñado y eso es lo que nos ha calado: virgencita, que me quede como estoy. Y así nos va. 
Ahora mismo da la sensación de que este país se encuentra, de nuevo, dividido: las dos Españas y todo eso. Sin embargo, estamos todos juntos en el mismo barco, más allá de ideologías políticas, porque el que no le tiene miedo a unos le teme a los otros, porque ya se han encargado ellos de dividirnos y de encabronarnos, aplicando eso de "divide y vencerás". Y ya se está hablando de vencedores y vencidos y todas esas cosas que son una locura. 
Nos están manipulando, nos están haciendo desconfiar y temer de todo, para luego erigirse en salvadores de la patria. Todos los que son visibles lo están haciendo, esto no es privilegio de nadie.
Ponemos la tele y no hay más que motivos para vivir acojonados: los refugiados sirios, el estado islámico, Reino Unido, la ultra derecha, la casta, la extrema izquierda, Venezuela, el zika, el mosquito tigre, las plagas de medusas... Es todo un intento de no dejar vivir tranquilo y no nos dan tregua. 
Y conste que no digo que esas cosas no pasen, porque algunas pasan de verdad. Pero también pasan otras cosas, muy bonitas, de las que no nos enteramos. Y seguro que el balance es positivo.
Así que, una vez más, el domingo ganaron los que quieren que sigamos siendo marionetas. 
Así que, una vez más, me cago en esta democracia. Porque la democracia debería ser sinónimo de libertad y, mientras tengamos tanto miedo, no habrá libertad.

jueves, 2 de junio de 2016

Dicen.

Dicen que es mejor amar que ser amado, que es mejor dar que recibir, que lo bueno de verdad, lo que realmente te llena, es dar sin esperar recibir nada a cambio.
Eso dicen. 
Pero uno no se lo llega a creer del todo nunca. No, si tiene miedo a que le hagan daño. No, hasta que entiende que esa coraza que parece protegerle, en realidad le está ahogando.
Uno no se lo llega a creer hasta que se atreve a probarlo y, entonces, se da cuenta de que es cierto, que es bonito dar sin medida, sin maquinar estrategias elaborando el plan a seguir para conseguir algo concreto. Es bonito dejarse llevar aun a riesgo de que duela. Es bonito soltar el control y permitir que pase lo que tenga que pasar. 
Y, precisamente, cuando amas así, es cuando te vuelves invulnerable, cuando es imposible que sufras, porque no estás atado a un resultado, porque no hay nada que conseguir, nada que retener. Porque la única finalidad es amar y amar es dar, no es esperar a ver qué recibes de fuera. Y da igual lo que pase más allá de eso. 
Dando eres feliz, pase lo que pase, dure lo que dure. 
Eso dicen. Y no te lo crees hasta que lo pruebas.


martes, 10 de mayo de 2016

Relaciones (máxime de pareja)


Empiezas una relación de pareja con la expectativa de encontrarte con algo (que la pareja te ame, que te respete,  que te cuide, que te admire, que te mantenga, que te limpie la casa, que cuide de vuestros hijos, o de los tuyos propios, que te haga compañía... cualquier cosa sirve) y precisamente eso es lo que no vas a encontrar, porque es la lección que debes aprender. Tú, no tu pareja. Y, si lo encuentras, no te va a llenar.

Y te frustras y la culpas de tu desdicha. Y crees que la relación ha fracasado y empiezan los resentimientos... Cualquier cosa antes de mirarte a ti mismo. Porque ella, tu pareja, no te ha dado lo que buscabas, porque lo que buscas, en resumen, es el apoyo incondicional, ése que buscabas en tus padres. Pero lo buscas desde la exigencia.
Lo que nos suele pasar desapercibido es que, eso que buscamos en el otro, eso que le exigimos, es precisamente lo que no nos damos y que nos sentimos incapaces de darnos.

Y es que la pareja es un espejo extraordinario en el que mirarse, pero también es la mejor distracción, si uno no quiere hacerse responsable de sí mismo. Porque la pareja te puede enseñar cómo eres, si te interesa descubrirlo, puede mostrarte tus necesidades y tus expectativas, pero también puedes irte por la tangente y echarle la culpa de todo lo que sientes, pensando que se debe a lo que te ha hecho y a cómo te ha tratado. 
Ni tu pareja, ni tus padres, ni tu jefe, ni tus hijos, ni nadie en este mundo te puede hacer daño si antes no le das permiso, nadie te puede faltar al respeto si no te lo faltas tú, pero tampoco nadie te va a amar si antes no te amas tú. 
Lo que pasa es que es más fácil exigirle a otro que haga por ti lo que te sientes incapaz de hacer y, luego, tachar a la vida de injusta, jugar a que no te mereces lo que te pasa, hacerte la víctima y pensar que la próxima vez buscarás mejor y que la próxima pareja te sabrá hacer feliz. 
Pero, mientras llega la próxima pareja, odias tu soledad. Porque esa soledad te impide buscar culpables fuera de ti, porque ahora solo estás tú, ya no está el otro, ése que te trataba tan mal, que te quería poco y que era injusto contigo. En soledad, eres tú quien se maltrata echando de menos, de nuevo, algo que ya no tienes, alguien a quien culpar. 
Eres tú, en soledad, quien te faltas al respeto pensando que te falta otra vez algo para ser feliz, que tienes, de nuevo, necesidad de mirarte en otro, de que otro te haga sentir bien, de volver a culpar a otro si no lo hace.
Sin embargo, esa soledad que tanto temes, te puede enseñar que nada de eso es real, que no necesitas a nadie, que el único trabajo que tienes que hacer es el de amarte, aceptarte, apoyarte incondicionalmente, a ti y a todo lo que te rodea. Entonces, podrás compartir esa sensación de plenitud con otro, en lugar de cargarlo con tus sombras, con tal de no verlas.

martes, 26 de abril de 2016

En comparación a


Llevaba un par de semanas de infierno, metida en un bucle de pensamientos del que no me veía capaz de salir, nerviosa, preocupada... Y cuantas más vueltas le daba al asunto, queriéndome convencer de que en realidad no pasaba nada y de que mis preocupaciones no eran fundadas, peor.
He estado dramatizándolo todo, en el trabajo y en casa, hasta el punto de que el hecho de que mi hijo derramara la leche por la encimera me hacía saltar como una loca. Mis hijos lo han notado mucho, menos mal que ya estaban avisados de mi estado de nervios. Aún así, ver cómo les reñía por cualquier cosa, aún me hacía sentir peor.
Y, de repente, recibo un mensaje esta mañana diciendo que un amigo, padre de un amigo de mi hijo mayor y de una amiga de mi hijo pequeño, un amigo de ésos con los que no hablaba a menudo pero al que apreciaba mucho y con el que tenía muchas cosas en común, ha muerto esta noche.
Ayer, a las 20:30, estaba escribiendo en Facebook, recordando, con unos amigos, fotos de hace tiempo y, cuando lo vi, pensé que se le veía muy bien, pese al cáncer que le habían diagnosticado hará unos tres meses.
De repente, ya no me pasa nada, ya no estoy nerviosa ni preocupada. Me comparo a él, o a su mujer, o comparo a sus hijos con los míos y me doy cuenta de que me estaba comiendo la cabeza por una chorrada y de que ya me vale por perder los nervios y el tiempo con hipotéticas historias que no van a ningún lado. 
De repente, aunque mi situación es la misma, ya no la vivo igual. Por comparación. Porque ya he visto algo que sí me parece importante.
Y me da rabia esta forma de actuar, me da rabia necesitar algo así para darme cuenta de que no vale la pena desperdiciar el tiempo de esa manera, de que nada es lo suficientemente importante como para tenerme en permanente conflicto. 

martes, 19 de abril de 2016

La vida y los teleoperadores latinos


La semana pasada la dediqué a amargarme la existencia y opté por materializarlo en repetidas e insistentes llamadas al teléfono de atención al cliente de Ono-Vodafone.
No sabe nadie lo mal que lo pasé, porque me empeñé en que me tenían que mandar la grabación de lo que había contratado o, en su defecto, el contrato en pdf y no aceptaba nada que no fuera eso.
Perdí las mañanas y las tardes, casi enteras, al teléfono, empeñándome en algo que, a fecha de hoy, todavía no se ha dado. 
La primera llamada fue sosegada, pedí la grabación y me dijeron que tenía que pedirla por correo electrónico. Lo hice, pero me contestaron que me faltaba un dato. Lo envié. Entonces, por motivos técnicos, lamentablemente, no me la podían enviar. Hasta hoy, que siguen con sus problemas técnicos. 
En vistas de aquello, me empeñé en solucionarlo por teléfono, aunque me costara la vida. Y me iban pasando de un teleoperador a otro, en un bucle eterno. A todo esto, yo tenía un montón de cosas que hacer y, sin embargo, no podía evitar esa lucha. Me puse borde, impertinente, sumisa... Lo intenté todo. Hoy, sigo sin la grabación ni las condiciones de mi contrato. 
Y me he preguntado varias veces por qué no me daba de baja, pero es que yo quería la puta grabación, aún siendo consciente del sufrimiento que me estaba causando ese empeño. Porque contra un teleoperador latino es imposible. Y, a pesar de que suplicaba que no me pasaran con ellos, acababa teniendo a un latino de interlocutor. 
Hasta que el viernes, finalmente, me rendí y entendí que el único problema era yo. Que me había empeñado en algo que estaba claro que no podía ser y yo no lo quería aceptar. Y de ahí mi sufrimiento, de esta resistencia sin sentido. Porque un teleoperador latino de telefonía es como la vida misma: le da lo mismo lo que le pidas o cómo te pongas, te va a decir lo que a él le dé la gana, en un tono tan amable que incluso suena insultante. Y es que, cuando estoy cabreada con alguien, me da rabia que sea amable conmigo, quiero que entre al trapo.
Entendí que, o me daba de baja o dejaba de pelearme y aceptaba las condiciones de Ono Vodafone, pero que no valía la pena la mala vida que me estaba dando para conseguir algo que estaba claro que no iba a conseguir. Ellos tienen unos tiempos y el contrato lo tendré cuando a ellos les dé la gana, me guste o no. O lo tomo o lo dejo, pero no voy a poder imponer mis condiciones. Si no me gusta, solo puedo dejarlo, porque cambiarlo no lo voy a cambiar.
Pues así, justo así, es la vida. Y así de estúpidos nos mostramos nosotros cuando pretendemos conseguir de ella algo concreto y a ella no le da la gana. Porque la vida, insisto, es como un teleoperador latino. Y, a veces, con toda amabilidad, te va a decir, una y otra vez, que no, que te pongas como te pongas, no. Otras, claro está, te dirá que sí y todo se te dará enseguida y de manera muy fluida, sin esfuerzos, pero cuando te dice que no, o que ahora no es el momento, ya puedes ponerte como te dé la gana. Saldrás perdiendo.
Unos días después, parece que empiezo a ver la luz y que las cosas se van dando. Se den o no, ese empeño ya lo he soltado y mi paz ya no depende de cómo acabe esta historia, así que ya me da lo mismo. 
Una vez más, todo depende de mi actitud y no de lo que pase afuera.
Así que gracias, teleoperadores latinos, por la lección que me habéis dado. Espero que no se me olvide porque no me apetece volver a pasar por esto nunca más.

viernes, 8 de abril de 2016

La voluntad fragmentada


Aparentemente, en numerosas ocasiones, sufrimos porque dudamos acerca de qué debemos hacer. Nos hacemos una lista de pros y contras y aún así no nos decidimos. 
Esto pasa con el trabajo, cuando ya no te llena y por las mañanas se te hace cuesta arriba prepararte para otra asqueante jornada pero necesitas el sueldo para vivir y, sin embargo, tampoco buscas otra cosa que te guste más.
Pasa con los hijos, cuando sufres cuando les riñes pero tampoco quieres consentirles todos los comportamientos para que, el día de mañana, no sean unos tiranos.
Sufres por la pareja cuando ves que no es el/la compañer@ que desearías que fuera, cuando sientes que no te apoya pero, aún así, te da tal miedo perderl@ y quedarte sol@, que no te atreves a dejarlo.
En definitiva, sufres cuando tienes la voluntad fragmentada, cuando no sabes hacia dónde tirar y, sin embargo, crees que tienes opciones, que eres tú quien tiene que saber qué decisión tomar.
Lo cierto es que la única decisión que depende de ti es la de elegir, a cada instante, estar en paz o en conflicto. Solo eso.
Eliges paz cuando aceptas vivir lo que estás viviendo, aceptando que tu realidad es ésa, en lugar de decirle NO a la vida constantemente. Luego ya verás lo que haces, pero de momento estás viviendo esto que estás viviendo y solo tu resistencia te provoca sufrimiento.
Eliges conflicto cuando te resistes a tu realidad, cuando alimentas los pensamientos que te dicen que eso no debería estar pasando, que necesitas que eso cambie para ser feliz porque así es imposible y mientras estás bloqueado porque no puedes dar el paso que te lleve a cambiar tu situación.
Si las cosas tienen que cambiar, cambiarán, por eso no te preocupes y, si no tomas la decisión tú, la tomará otro porque lo que tiene que ser, será.
El único cambio que de verdad te puede sacar de donde estás ocurre en tu mente, en tu forma de vivir, de ver la vida, de relacionarte con todo lo que te rodea. Y ese cambio no puede llevarlo a cabo nadie aparte de ti mismo, requiere de tu voluntad y de tu compromiso.
Por lo tanto, a cada momento, la única pregunta que vale la pena que te hagas es "¿elijo paz o conflicto?" porque ése es el único camino a la libertad. Todo lo demás son parches que pueden incluso hacerte creer que solucionan tus problemas, pero es cuestión de tiempo.
Y, en esta pregunta, elijo paz o conflicto, no puede haber fragmentación: una excluye a la otra. Como pasa siempre que algo es completo y real.

miércoles, 6 de abril de 2016

Acallar al ego



El ego, ése que se hace pasar por tu amigo en determinados momentos, ese amigo adulador que te dice lo guay que eres, lo guapo, lo listo, lo bueno que estás, lo buena persona que eres, lo especial..., para así tenerte comiendo de su mano, es el mismo que te machaca cuando te ve flaquear. Porque el ego siempre te está juzgando, calificándote como bueno o malo a cada gesto. Vive en la dualidad y en la dualidad o eres bueno o eres malo. 
Y cuando, por ejemplo, llega un día en que estás hasta las narices de tu curro, o de tu pareja, o de tus padres, o de un amigo pero no haces nada por cambiar esa situación, sencillamente porque no puedes, porque estás paralizado, el ego aprovecha para decirte que eres un cobarde, que solo sabes quejarte, que no vales para dirigir tu vida y que los demás te pegan mil patadas porque sus vidas son mejores que la tuya. Y, para acojonarte más, te proyecta esa idea en el tiempo, convenciéndote de que a los 70 serás el mismo miserable que eres hoy.

Luego, cuando ya te ha martirizado con estos argumentos, cuando ya te sientes culpable por tu actitud, te recuerda toda esa gente que está peor que tú, que darían lo que fuera por estar en tu lugar, te bombardea con la idea de que eres un privilegiado que no tiene derecho a quejarse. Eres un cobarde insolidario y egoísta.
Todo esto se basa en la premisa de que podrías estar haciendo otra cosa distinta a la que haces, podrías estar solucionando tu situación pero no te da la gana. 
Sin embargo, eso no es cierto, no puedes. Ahora mismo no puedes. Si pudieras lo harías, pero no es así. No puede ser de otra manera, solo tienes que aceptar esta idea, sin pensar que se vaya a eternizar. Aceptar que estás paralizado pero que no eres esa parálisis, aunque, ahora mismo, no puedas. AHORA, no eternamente. No existe el tiempo, solo tienes este momento.
Y, en este momento, tu situación es la que es, así que deja de machacarte porque eso solo corrobora las falsedades que te dice el ego. Permítete actuar así y trátate con amor, porque la culpa no te va a servir de trampolín, solo te va a hundir todavía más en la miseria que crees que te rodea.
Manda a paseo al ego, cuando te machaque y cuando te adule, porque son las dos caras de la misma moneda. 
Ni eres especial ni eres un miserable. Eres perfecto, así, tal y como eres. 
Tan perfecto como los demás.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Un camino sin renuncias

El perdón es un camino amable, en que no se te exige que renuncies a nada, porque la renuncia es sacrificio y el sacrificio sufrimiento. Por lo tanto, mientras sigas valorando ya sea una idea, una relación, algo material... no se te va a pedir que lo elimines de tu vida. Eso te haría sufrir y la sola idea de abandonar algo que valoras mucho da miedo. 
Sin embargo, los apegos irán cayendo solos, poco a poco. Y se irán sustituyendo por un amor incondicional hacia TODO. Entonces, el miedo remitirá y tú solo, sin esfuerzo, te verás desprendiéndote de aquello que tanto valorabas.
Y habrá ocurrido solo, sin darte cuenta y de manera natural, como todo lo que es auténtico, sin forzar. Y, al no haber sufrido, no habrá rencor en ti, solo amor y agradecimiento.

lunes, 21 de marzo de 2016

Pasión por el sufrimiento



Ahora que estamos en Semana Santa se hace más evidente que nunca lo sobrevalorado que está el sufrimiento. Tomemos como ejemplo a Jesús de Nazaret, un hombre tranquilo, revolucionario pero pacífico, que vivió 33 años, que intentaba enseñar al resto a amar, a respetar, a perdonar, a vivir en paz, a deshacerse de la culpa. 
Es verdad que tuvo seguidores y tuvo detractores, hubo gente que lo amaba y lo siguió hasta el final (traiciones y negaciones de última hora incluidas) y otros que lo odiaban y lo querían muerto, pero él iba a su bola. No intentaba imponerse, no utilizaba el miedo para dominar a los demás. Le daba todo igual porque lo tenía muy claro. Tan claro que cuando fueron a por él no se resistió lo más mínimo.
El caso es que este hombre, durante 33 años, fue feliz, tuvo infancia, adolescencia, juventud... 
Sin embargo, la imagen que tenemos de él en las iglesias, encima de la cama, colgada del cuello... en todas partes, es en la cruz, hecho polvo. 
Tiene narices la cosa: un breve instante de tiempo en el que Jesús estaba reventado, ensangrentado, perforado por todas partes y agonizando y es precisamente esa "foto" la que elegimos para recordarlo. No habrá momentos de su vida para representarlo más que ése...
Y es que, por lo visto, si no es así, no nos queda claro lo mucho que nos amó, tenemos que verlo agonizar. 
Lo  mismo nos pasa con el resto de los mortales: o sufres o no amas. Si quieres a tus hijos, tienes que sufrir por ellos, por si les pasa cualquier cosa, cuando salen, cuando los ves tristes, cuando ves que se aburren, cuando no les puedes comprar todo lo que quieren, cuando no les puedes dedicar el tiempo que te gustaría... El motivo da igual, tienes que sufrir. 
Con la pareja lo mismo. Si amas a alguien, tiene que notarse por la intensidad de tu sufrimiento, por tu miedo a perderlo, por tu dolor cuando lo pierdes. 
Con el trabajo, los amigos, la casa, el coche... nos pasa lo mismo con todo. O sufres o no sientes.
Y todo eso es más falso que Judas, es algo de lo que nos hemos querido convencer durante siglos, supongo que para no darnos cuenta de que sufrir no tiene sentido, no sirve para nada y no mide el amor, sino el apego, la necesidad. 
El sufrimiento para lo único que sirve es para meternos el miedo en el cuerpo y recordarnos, a todas horas, lo vulnerables que hemos acabado creyendo ser, porque así es más fácil que se nos manipule. Con una persona acojonada haces lo que quieras, es más fácil que obedezca.




jueves, 10 de marzo de 2016

domingo, 6 de marzo de 2016

El sufrimiento como creencia



Quien sufre por no tener pareja, cuando la consigue, sufre por la pareja que tiene. O por si la pierde.
Quien sufre por no tener trabajo, cuando lo consigue, sufre por el trabajo que tiene. O por si lo pierde.
Quien sufre por pensar que le falta algo, está apegado a la creencia de carencia. Y siempre le faltará algo, o temerá perderlo. Porque la felicidad es un estado interno, una sensación de calma y plenitud que nada tiene que ver con conseguir cosas. 

jueves, 3 de marzo de 2016

Tomates verdes fritos


Hoy, en un blog, he visto una cita sacada de una película que vi en su día y que entonces no entendí, así que tendré que volver a verla. Se trata de Tomates verdes fritos y, en ella, alguien dice: "Alguien me puso un espejo delante de la cara y te juro que no me gustó lo que vi. ¿Sabes lo que hice? Intenté cambiar"
Ese espejo no es un espejo tal y como lo entendemos normalmente. Ese espejo es otra persona, aparentemente separada de mí, con otro cuerpo. Es la persona en la que me miro, la que me saca de mis casillas, la que me enerva sin saber por qué. Porque todo eso que siento cuando me relaciono con esa persona solo existe en mi mente. No todo el mundo se relaciona con ella del modo en que yo lo hago, por lo tanto, en esa relación hay mucho de mí. 
A esto se le llama proyección. Y consiste en creer que hay en mí algo que es indigno o erróneo, algo absolutamente imperdonable y negarlo, ocultarlo, esconderlo debajo de la alfombra para no verlo, porque verlo me avergüenza, porque, si lo veo, me voy a sentir mal. La alfombra es el inconsciente y allí es donde mandamos de una patada todo lo que no nos viene bien sentir. 
Pero todo lo que está en el inconsciente algún día, tarde o temprano, vuelve. Es imposible escapar de mis propias creencias y fabricaciones, me acompañan allá donde vaya y me relacione con quien me relacione. El escapismo es una pérdida de tiempo. 
Y una de las formas a las que acude con frecuencia el inconsciente para poder manifestarse es la proyección, que es el arte de reconocer en el otro algo que previamente he creído ser yo y no puedo aceptar. 
Entonces, cojo al primero que pasa, alguien que tenga cierta apariencia de ser aquello que yo me he negado y la emprendo con él, proyecto en él ese defecto que no quiero mirar en mí pero que creo tener, o algún aspecto mío del pasado que no he podido perdonar y que me sigue avergonzando cada vez que lo recuerdo. Y la tomo con esa persona y, sin saber muy bien por qué, me pongo a parir cada vez que la veo, por mucho que me haga el propósito de mantener la calma. Es imposible, me saca de mis casillas por más que intente evitarlo. Y, además, solo me pasa a mí, al resto de las personas no les ocurre lo mismo, así que algo habrá mío en esta relación.
Tenemos dos opciones: o le echamos al otro la culpa de toda esa rabia que sentimos cuando estamos en relación con él o asumimos nuestra responsabilidad, miramos hacia adentro, que es donde está siempre el conflicto (al otro nos lo han puesto al lado para que nos muestre nuestro conflicto interno, es simplemente el mensajero) y, como en la cita, intentamos cambiar nosotros, nuestra creencia de ser erróneos, imperdonables, malos. 
Si optamos por la primera, aunque nos separemos de nuestro espejo, aparecerá otro que nos hará sentir lo mismo.
Si optamos por la segunda y decidimos aceptarnos, aceptar nuestra inocencia y dejamos de sentirnos culpables y avergonzados, iremos aceptando poco a poco también a ése que no podíamos ni ver, como por arte de magia. Y experimentaremos que de verdad el otro no existe, que siempre estamos relacionándonos con nosotros mismos.

viernes, 26 de febrero de 2016

Vaciar la taza a los 40.


Es indiscutible que, alrededor de los 40, a muchos nos atrapa una crisis existencial que nos descoloca. 

(Crisis (del latín crisis, a su vez del griego κρίσις)1 es una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable, sujeta a evolución.)

A los 40 creemos estar, más o menos, en el ecuador de la vida y nos damos cuenta de que la hemos dedicado a experimentar ensayo/error, ensayo/error y que, aún así, no hemos encontrado la fórmula de la felicidad, que seguimos siendo marionetas en manos de los acontecimientos y que tiene que haber otra manera. Necesariamente tiene que haber otra manera.
El tema es que, mientras nos devanemos los sesos rebuscando en el baúl de los recuerdos el motivo del problema (posibles traumas, vivencias que nos hayan podido marcar...) para ver si aparece la pieza del puzzle que falta y que lo explicaría todo, vamos a seguir perdiendo el tiempo. Porque ni el problema está afuera, ni está afuera la solución. Es más, si lo estuviera, perderíamos todo el poder sobre nosotros mismos. 
Pero es que no sabemos hacer otra cosa, nos hemos pasado la vida mirando al exterior, hacia los demás, hacia el pasado, hacia el futuro... No tenemos ni idea, en realidad, de quiénes somos, de lo infinito de nuestra responsabilidad en todo lo que vemos, precisamente porque somos nosotros quienes lo vemos y quienes lo interpretamos. "Nada en este mundo me es ajeno" (UCDM)
Éste es el punto de partida. Dado que hasta ahora nada ha funcionado, dado que nos hemos pasado media vida reaccionando a todo lo que la vida nos ha ido ofreciendo o "quitando", no nos queda otra que reconocer, con absoluta humildad, que estábamos equivocados y que no teníamos ni idea de nada. 
A eso se le llama "vaciar la taza": a estar dispuesto a abandonar todas las ideas y creencias que creemos que conforman nuestra identidad y reconocer que NO SABEMOS NADA. 
Sin embargo algo sí está claro: si sufrimos, estamos equivocados porque el sufrimiento no es inherente a una mente libre, sino algo propio de una mente condicionada, empeñada en hacer las cosas a "su" manera, convencida de que tiene la verdad absoluta y que todo lo que no coincida con ella es erróneo.
Llega un momento en que tenemos que estar dispuestos a vaciar esa mente que se cree que todo lo sabe, para estar abiertos a recibir otro tipo de información, para poder sustituir las antiguas creencias de dolor, miedo y sufrimiento por aire fresco. Reemplazar lo antiguo por confianza, invulnerabilidad, amor incondicional y paz. 
Ambas creencias no pueden coexistir, es imposible. O creo en el miedo, o creo en el amor, o soy víctima de mis circunstancias, o soy responsable de cómo me siento, puesto que yo lo he elegido.
La verdad, da un poco de vértigo puesto que hacemos de nuestras creencias los pilares de nuestra identidad y, al eliminarlas, nuestra identidad se desmorona. Y eso da miedo, es como si te rompieras por dentro, como si te encontraras de repente en un lugar desconocido desde el que no te sientes capaz de volver a casa, a tu zona de comodidad, a lo conocido, a lo que llamas "seguridad". De repente, nada te es familiar, empiezas de cero, como el que sufre amnesia después de un accidente y tiene que aprenderlo todo de nuevo. 
Pero no pasa nada, esa identidad que se desvanece era falsa, por eso precisamente se desvanece, solo lo falso se puede destruir, la verdad es inalterable siempre, nunca puede ser amenazada. Sin embargo, esa identidad falsa que desaparece cuando decides aprenderlo todo desde el principio, necesita que tú la sostengas y la alimentes para subsistir. Si dejas de hacerlo, tiene los días contados. 
Déjala que muera, eso que tanto valoras y que necesitas que lo demás valoren no eres tú. Olvídate de todo lo que has dado por cierto hasta ahora y empieza de nuevo.
A los 40, aún tienes media vida por delante. Está en tu mano seguir como hasta ahora o empezar a vivir de otra manera.

lunes, 22 de febrero de 2016

Pre-ocupaciones


Es increíble hasta qué punto desconecto del trabajo cuando llego a casa, sea cual sea el marrón que haya. Ni me acuerdo. Así que he pasado un fin de semana de lo más tranquilo, haciendo cambios en mi casa (me encanta hacer cambios en la decoración) y quedando con la gente a la que quiero. 
Sin embargo, hoy, ya lunes, de madrugada, no sé por qué, me he despertado a las 3 y media y la cabeza ha empezado a ir por su cuenta. Se me han ocurrido un montón de desastres que podían ocurrir hoy al llegar al trabajo, la cantidad de cosas que me iba a pedir mi jefe y que no tenía hechas y que no tendría tiempo de hacer. Pensaba en todo lo que había dejado a medias el viernes y me iba poniendo cada vez más nerviosa y se me iba ocurriendo problemas nuevos, algunos incluso imposibles.
Y todo era querer centrarme en el ahora, decirme a mí misma que cuando llegara al trabajo lo solucionaría pero que, a esas horas y desde mi cama, era imposible poder hacer nada, así que lo más sensato era dormirme y descansar hasta que sonara el despertador. Pero todo esfuerzo por auto convencerme y tranquilizarme era inútil. 
He intentado poner la atención en mi respiración y eso ha funcionado más, he conseguido relajarme y, aunque no he vuelto a dormirme profundamente, no estaba tan nerviosa.
Y, entonces, suena el despertador y me ducho, me visto, pongo los almuerzos de mis hijos, bajo al perro y llego al trabajo. Y ni un marrón ni medio, todo perfecto, todo dentro de plazo, sin complicaciones... lo que es un día estupendo. 
Entonces, me acuerdo de Emilio Duró, que dijo que el 98% de las preocupaciones que tenemos nunca llegan a materializarse. Y me acuerdo de este verano, que me fui preocupadísima por una situación inevitable que se daría a la vuelta de vacaciones y nunca se dio.
Y me digo a mí misma que vaya manía tenemos los humanos de jodernos la vida imaginando situaciones drásticas, que, puestos a imaginar, ya podríamos imaginar cosas bonitas (aunque luego nos frustraríamos cuando no se dieran en realidad). Y me sorprende que el cerebro no distinga entre realidad y ficción porque yo, esta noche en mi cama, lo he pasado tan mal como si estuviera viviendo todo aquello que estaba pensando que iba a ocurrir, aun sabiéndome en mi casa, metidita bajo el edredón, "a salvo".
Se pasa tan mal y es tan inútil que, si pudiera pedir un deseo, pediría no volver a pre-ocuparme nunca más por nada. 
Nunca. Por nada. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

La vajilla de invitados

Hace años, en las casas, había una vajilla de invitados, un comedor de invitados y un montón de cosas de invitados. Era lo bonito, lo caro, lo que uno guardaba para impresionar cuando venía gente de fuera.


Hoy, eso ya no se suele dar, sin embargo, seguimos teniendo ese tipo de conductas. Seguimos haciendo para los demás cosas que no hacemos para nosotros mismos. 
En mi trabajo, nos hemos puesto de acuerdo tres personas para que cada día traiga uno la comida y compartirla. Y, desde entonces, da gusto comer. Porque ahora, al tener que cocinar para otros, ponemos más interés, más mimo y nos curramos unas comidas buenísimas. Sin embargo, cuando cada uno se tenía que encargar de su propia comida, el resultado era triste, porque a ninguno nos compensaba cocinar para uno mismo.
Es, cuanto menos, un planteamiento curioso, pero hay un sinfín de ejemplos: nos ponemos guapos para salir y en casa vamos con cualquier cosa (ropa de ir por casa), arreglamos la casa más cuando va a venir gente, limpiamos más el coche por fuera que por dentro y cosas por el estilo.
Y no deja de ser extraño, eso de que hagamos esfuerzos por los demás que no haríamos por nosotros mismos, eso de que cuidemos y mimemos a los demás mientras pensamos que nosotros no lo merecemos, que con cualquier cosa nos apañamos.
Pero, además, esa forma de actuar nos lleva a que esperemos esfuerzos por parte de los demás, es decir: "yo paso de mí, paso de cuidarme, de invertir tiempo en mi bienestar, pero hazlo tú porque a partir de ahora es tu obligación, si quieres que me sienta bien". Le pasamos la pelota al otro, porque alguien nos ha de cuidar y, si no lo hago yo, lo tendrás que hacer tú.
¿Por qué no volvemos a plantearnos estas conductas y empezamos a sacar la vajilla de invitados para comer algo que nos guste mucho y que nos hayamos cocinado, con mimo y amor, previamente? ¿Por qué no empezamos a ponernos guapos para ir por casa y tiramos todos esos harapos que hemos guardado para vestirnos cuando nadie nos ve? ¿Por qué no empezamos a asumir que solo somos responsables de nuestra felicidad, solo nosotros, solo de la nuestra y dejamos de exigir a los demás respeto para empezar a respetarnos? ¿Por qué no dejamos de es-forzar-nos por los demás y, de paso, dejamos de forzar a los demás para que, con sus conductas, nos alimenten cuerpo y alma?
Nadie tiene más valor que uno mismo, ni menos, claro. 
El mejor invitado de uno es uno mismo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Hoy, al levantarte...


¿Qué pasaría si, hoy, al levantarte, te dieras cuenta de que estás preparado para aceptar todos los cambios del día, todo lo que hoy la vida tiene preparado para ti, sin límites?
¿Y si te dieras cuenta, pero de verdad, de que no controlas nada, de que nunca has controlado nada, de que no es cierto eso que siempre has creído, es decir, que "si hago esto, pasará esto y si hago lo otro, pasará aquello otro?" 
¿Y si tuvieras la humildad suficiente como para darte cuenta de que no se puede luchar contra la vida porque el universo no está a tu servicio?
¿Y si confiaras, no en que todo lo que te rodea vaya a salir como habías planeado, sino en tu invulnerabilidad?
Entonces, todos los esfuerzos que hasta ahora has malgastado en cambiar la forma de tu mundo para adecuarlo a tus caprichos, a tus preferencias o tus supuestas necesidades, los invertirías en cambiar tu modo de mirar este mundo. 
Entonces, no tendrías miedo porque estarías preparado para cualquier cosa.
Entonces, serías libre porque tu felicidad no estaría condicionada a nada.
Entonces, no tendrías miedo.
Y, sin embargo, la idea de estar preparado para aceptar todos los cambios que puedan ocurrir da miedo. Porque la libertad da miedo, el amor da miedo y la felicidad da miedo. 
Como da miedo todo lo desconocido. Como da miedo comportarnos como nunca antes lo habíamos hecho.

lunes, 8 de febrero de 2016

Mi querido Liceo


Nunca he sido una niña rebelde, ni una adolescente rebelde, ni una mujer rebelde. No lo he sido por lo menos en las formas. No he necesitado portarme mal, pegar a los demás niños, afeitarme la cabeza, tintarme el pelo de colores raros, transgredir normas, acudir a manifestaciones, reivindicar mis derechos de mujer cayendo en comportamientos típicamente masculinos... (aunque sí que los he reivindicado sin descanso). Siempre he ido a mi marcha, sin hacer ruido, educadamente, he sido muy "normalita" en este aspecto.
Hace poco vi, en el blog de un profesor de literatura de un instituto, la presión que se le metía a un chaval de 14 años para que asistiera a clase y estudiara cuando él lo que quería ser es mecánico y todo lo demás le daba igual. Dejo aquí el enlace porque vale la pena leerlo: https://lautopsia.wordpress.com/2014/01/30/hasta-la-polla/

La cuestión es que me acordé de mi colegio, al que fui hasta COU y donde fui súper feliz, pese a que nunca me ha gustado nada (NADA) estudiar. Me acordé del sistema francés y de lo bien que lo hicieron conmigo. Porque yo era pésima en todo lo que no me gustaba, incluso en gimnasia. Lo que se dice nula. Y me dejaban en paz, me dejaban vivir tranquila porque sabían que no había nada que hacer, que, a pesar de no ser tonta, nunca iba a dedicar ni un minuto a estudiar esas cosas que odiaba tanto. Además, allí podías suspender y ni recuperabas la asignatura ni repetías, pasabas a otra cosa, mariposa. La decisión de repetir la tomaban los profesores en una reunión a la que mi madre siempre asistía con los nervios a flor de piel. Pero nunca me hicieron repetir, aunque suspendiera un carro. Porque era buena en lo mío: en inglés, en francés, en versión, en filosofía, en literatura y ya. En nada más. En lo demás era un desastre. Ellos lo asumían y en mi casa lo acabaron asumiendo también. 
En el Liceo me enseñaron disciplina, respeto, allí no consentían la soberbia ni la mala educación y el profesor que tragaba no solía ser francés. Eso me gustaba, de hecho la Courtine y el Manza eran mis preferidos. Una era seria y rígida como ella sola y el otro repartía galletas por doquier y aún así todos lo querían con locura. Eran adorables, se implicaban. Siempre y cuando no fueras un chulo maleducado, podías hacer de tu capa un sayo.
Me enseñaron también a pensar por mí misma, nadie me dirigía, nadie me imponía nada. Era todo muy libre. Eso sí, eras responsable de tus actos, nadie te regalaba nada.
Esa libertad que me daban llegaba al punto de que en física, el Bros nos dejaba a una amiga (tan perdida como yo) y a mí hacer los exámenes juntas, al lado de otra compañera que sabía un montón, siempre y cuando no la molestáramos al copiarnos, o hacer el examen entre varias... Me han llegado a dejar dormir alguna vez en clase de filosofía y, al repartir las hojas de los ejercicios, dejármela encima de la cabeza para no despertarme. Nadie me agobiaba, me dejaban absolutamente libre de elegir qué quería y qué no quería estudiar. Sin presiones, sin castigos, lo asumían completamente. Y nunca he tenido ningún trauma por mis escasos conocimientos de casi todo, no me considero burra, ni paleta, ni torpe. Soy capaz de relacionarme con normalidad en cualquier ambiente porque, cuando no sé nada del tema del que se habla, cosa que tampoco se da todos los días porque la gente no habla de los logaritmos neperianos ni va por la vida sumergiendo pesos en un fluido para ver la presión que ejercen vertical y hacia arriba, escucho y no necesito más. Me divierto igual.
Con mis hijos tengo manga ancha en los estudios, lo reconozco, trato de no agobiarlos y los entiendo perfectamente, aunque el sistema del colegio al que van es diferente y no les queda otra que aprobar. Pero veo sus exámenes y alucino y me enseñan sus libros y me horroriza pensar que tengan que estudiar todo eso, porque tampoco es que estudiar les apasione. No les presiono porque sé que no sirve para nada, porque adquirir conocimientos no les va a hacer ser más felices ni mejores personas.
Además, pienso ¿por qué se nos llena tanto la boca con lo importante que es trabajar en lo que a uno le gusta y, sin embargo, hacemos con los niños todo lo contrario? ¿Acaso ellos tienen menos derecho que nosotros a esa pasión por el trabajo o es que ese derecho se adquiere con la edad y no desde que naces?
Yo creo que los niños también tienen se merecen que se respeten sus gustos y sus pasiones.
Lástima que de eso no haya en los colegios.